El lado oscuro del día de San Valentín

Al destino le gustan las simetrías, decía Borges; pero también tiene su espacio para las ironías. El 14 de febrero de 1929, un día que debería haber sido de amor, dejó una huella inesperada en la historia de Estados Unidos. Ese día, en un garaje, siete mafiosos fueron ejecutados a sangre fría. No fue un estallido aislado de violencia, sino el desenlace de un ambiente criminal que prosperó durante la Prohibición, o “Ley Seca”. Esta legislación, que prohibió la producción y venta de alcohol entre 1920 y 1933, no consiguió eliminar el consumo. Al contrario, generó un gigantesco mercado negro que convirtió a ciudades como Chicago en zonas de disputa para organizaciones mafiosas.

En este contexto, la rivalidad entre Al Capone y la banda del North Side, liderada por George Moran, alcanzó una guerra abierta. Ambos luchaban por rutas de distribución, bares clandestinos y el control del territorio. La ejecución, presuntamente atribuida a Capone —aunque nunca se demostró en un tribunal—, se vio como una venganza para debilitar a su rival. ¿Por qué se eligió precisamente el Día de San Valentín? La mayoría de los historiadores dicen que fue una casualidad, pero algunos sugieren que fue una ironía bien calculada.

Los hombres de Moran fueron engañados. Se les hizo creer que recibirían un cargamento de whisky, y al llegar al garaje, encontraron su destino sellado. Este trágico evento no solo consolidó el dominio de Capone en Chicago, sino que también aumentó la presión pública y política contra el crimen organizado. La masacre se convirtió en un símbolo del fracaso de la Prohibición, una política que, en su intento de imponer la sobriedad por decreto, alimentó redes violentas de contrabando y corrupción.

“Una Eva y dos Adanes”

Más de tres décadas después de aquel oscuro episodio, la historia se llevó al cine. Una de las películas más emblemáticas que trata el tema es “Una Eva y dos Adanes”, de Billy Wilder, que se estrenó en 1959. En una de sus primeras escenas, dos músicos que tocan en los mismos bares clandestinos, Jerry (Jack Lemmon) y Joe (Tony Curtis), se convierten en testigos involuntarios de la masacre.

Cuando estos dos personajes son descubiertos y están a punto de ser asesinados, logran escapar disfrazándose de mujeres. Así se unen a una banda musical femenina, donde brilla “Sugar” Kane Kowalczyk (Marilyn Monroe). Esta comedia se volvió un clásico de Hollywood, y su éxito se debe, en parte, a su premisa original que gira en torno a un contexto real.

George Raft, quien interpreta al jefe de la banda, no fue elegido al azar. Muchos vieron en él una representación de Al Capone, aunque esa no era la intención. Su inclusión busca aprovechar la memoria cultural que Raft ya había dejado en el cine de gangsters. Wilder logró combinar la figura seria y amenazante de Raft con la comedia, sin perder la esencia del gangsterismo. Raft no se ríe de su personaje; más bien, encarna la amenaza que los mafiosos representaban en aquel entonces.

Este juego de tonalidades es esencial. Wilder no busca parodiar el género, sino meterlo en una comedia sin romper su estructura. Raft encarna la tradición del cine de gangsters, pero Wilder requiere que el espectador vea la fragilidad de esos códigos masculinos y los envuelva en un tono más ligero.

La escena de la masacre, aunque no busca reproducirlo con exactitud, tiene un aire reconocible que transporta al espectador al territorio de la Ley Seca: calles oscuras, coches fúnebres cargados con alcohol ilegal, policías reales y falsos, todo sumado a la icónica vestimenta del cine noir.

La atención a la estética y el ritmo recuerdan a clásicos como “El pequeño César” o “Scarface”. Al llevar al espectador al garaje de la ejecución, Wilder transforma la tensión en una fuga cómica, donde los protagonistas, disfrazados de mujeres, logran escapar. Sin esta escena, no habría travestismo, viaje ni banda femenina, ni el célebre desenlace con la famosa frase: “Nadie es perfecto”.

Roger Corman

El cine también abordó la masacre de manera más directa en “La masacre de Chicago 1929”, dirigida por Roger Corman en 1967. A diferencia de Wilder, Corman se enfocó en crear un docudrama que reconstruyera el contexto criminal y político del suceso.

La película incluye actuaciones de Jason Robards como Capone y George Segal en el papel de Moran. Esta narración se adentra en las rivalidades entre bandas y brinda un enfoque cronológico y detallado de los eventos que llevaron a esa noche fatídica. Aunque en su momento la crítica no valoró mucho el trabajo de Corman, hoy se reconoce su veracidad histórica, lo que la ha integrado a retrospectivas sobre su carrera.

Ambos enfoques, el de Wilder y el de Corman, reflejan diferentes interpretaciones de un mismo hecho, destacando así la complejidad del crimen y su repercusión en la sociedad.

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